Los desafíos pendientes de la inversión social privada

Por Sebastian Bigorito, Director Ejecutivo CEADS, para Visión Sustentable

Claramente la empresa viene realizando su propia intervención social, con mayor o menor éxito, pero con consistencia durante los últimos 50 años. Se ha avanzado mucho tanto en lo conceptual como en lo empírico, y por ello es que han aparecido una serie de nombres y títulos que buscan diferenciar las distintas formas en que las empresas gestionan su capítulo social. Tenemos entonces Filantropía, Ciudadanía Empresaria,  Responsabilidad Social Corporativa, Valor Compartido, Negocios Inclusivos y entre ellos aparece (y por suerte sigue flameando) el concepto de Inversión Social.  Podemos decir que se trata – la inversión social  – de uno de los conceptos más sólidos y a la vez altamente complementarios con la mayor parte de las estrategias empresarias que se adopten.

Sin perjuicio de su evolución y éxito, en lo personal creo necesario someter a la “inversión social” a un proceso de examinación, con miras a una adecuación bajo nuevas realidades y sobre todo, a nuevas agendas tanto globales como locales. Por ello es que podríamos identificar algunos puntos como para empezar a examinar a este prestigioso paciente:

– Concentración: La inversión social se encuentra altamente concentrada en dos o tres campos de acción. Por ejemplo a nivel local,  la encuesta que PwC realiza en conjunto con CEADS, nos ilustra con claridad que la mayor parte de las acciones están orientadas al campo de la Educación. El resto le sigue y por muy lejos.

– Dispersión: el punto arriba señalado no sería inconveniente, si no fuera que se combina con una altísima dispersión de esfuerzos. Concretamente, las acciones en materia de educación (concentración) se encuentra atomizada en un centenar de iniciativas dispersas e independientes entre sí.

– Impacto: La combinación entre “concentración y dispersión” dan por resultado un bajo nivel de impacto. El resultado son cientos de casos loables, motivadores y replicables, pero con bajo impacto a nivel consolidado o al menos, de impacto desconocido.

– Medición: Por lo general tanto las empresas como sus aliados de la sociedad civil con quienes se ejecutan los programas, cuentan hoy con indicadores sobre los mismos. Sin embargo estos indicadores surgen de la necesidad de rendir cuentas (cosa que está muy bien)  pero por ello son-  en el mejor de los casos –  indicadores de “gestión”. Es decir que exhibimos típicamente “números de beneficiarios” u “horas de capacitación” pero muy rara vez indicadores de impacto.

– Relevancia: Educación, Empleabilidad, Vivienda, Nutrición, Minoridad, Ambiente, Seguridad Vial… cuál elegir? Esta pregunta es muy frecuente y lo que demuestra es que no se conoce cabalmente las necesidades locales, sino que muchas veces surgen de presunciones. Conocemos el caso de una gran empresa que tradicionalmente y durante una decena de años sus programas sociales eran basados en el supuesto de que, en una comunidad pobre de recursos, es justamente el recurso económico lo que las familias tenían como prioridad.  Gracias a un profundo trabajo de relevamiento de expectativas (mucho más que una encuesta, sino una verdadera investigación de campo) tomaron conocimiento, y sorpresa por medio, que para esas familias de bajos recursos, sin duda el factor económico era primordial, pero su problema más urgente era la violencia familiar. Surgió así un nuevo campo de acción que resulto localmente apropiado, relevante pero inexplorado.

Estos cinco puntos son solo un ejercicio para empezar a estilizar la inversión social a la luz de nuevos conceptos y herramientas como también de nuevas agendas de desarrollo social.

En materia de Medición de Impacto, hoy por suerte contamos con herramientas (complejas debo admitir) que ayudan a que una determinada acción social se vincule con indicadores de desarrollo a nivel macro. Por ejemplo: en cuanto contribuyó mi programa de lactancia XX en la disminución de mortalidad infantil en la zona de YY.  Esto es lo que se llama Medición de Impacto y es hacia donde avanzan las agendas de desarrollo. Como se suele decir, esto implica menos Powerpoint y más Excel.

Respecto a la Relevancia de los campos de acción a elegir, bueno… hoy estamos en una situación históricamente privilegiada ya que la inversión social puede comenzar con el pie derecho y planificarse en función de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sustentable) que este año, en septiembre,  Naciones Unidas lanzará a nivel mundial y que cada país deberá aterrizarlos a través de planes nacionales. De esta manera, el número infinito de opciones pueden reducirse enfocando a los 17 objetivos que emanan de los ODM, y que desde el vamos, tenemos certeza que constituyen la agenda de desarrollo social para los próximos 15 años. Obviamente con la adecuación local pertinente.

Generando capacidades asociativas y venciendo las desconfianzas que nos alejan de la tan declamada “articulación” podremos, con esfuerzo, romper con la tendencia de dispersión de iniciativas, y comenzar a poner los ladrillos en un mismo predio para generar así foco, potencia e impacto.

Por último, a nivel personal creo que debe darse un debate serio y frontal, respecto al beneficio que la empresa eventualmente pueda llegar a obtener a partir de una estratégica inversión social. Por lo general es mal visto que la empresa se beneficie con reputación u otros activos intangibles al realizar un programa social. Esto lleva a que se fuercen programas – e incluso se escondan desde lo comunicacional –  para desvincular un eventual beneficio para la empresa. No intento con esto promover en absoluto las acciones de “bluewashing o greenwashing” puesto que en estos casos el impacto social o ambiental no es real o es desproporcionado en relación al despliegue mediático.

Pero reverenciando la transparencia y la generación de confianza, no sería sano, en incluso motivador, que las acciones de inversión social tengan un objetivo de índole corporativo explícito? Es acaso incompatible que una inversión social con impacto genuino en la comunidad, genere además un mejoramiento de los vínculos de esa comunidad para con la empresa?

Lo que intento poner en discusión es que la inversión social puede (y creo debe) tener dos beneficiarios: principalmente la comunidad a quien está dirigida y también la empresa, quien podría mejorar así y de manera legítima, su licencia social para operar, innovar o crecer.

Fuente: Visión Sustentable – Publicación:  Estrategia y gestión en voluntariado corporativo.

 

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